Ontología de las desapariciones
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Comenzó con el vecino del 4B. Nadie advirtió su ausencia hasta que el correo se acumuló con tal perseverancia en su buzón que la administradora del edificio, la señora Zambrano —mujer de virtudes homeopáticas pero de curiosidad hipertrofiada—, decidió llamar a la policía. Los agentes, con una parsimonia burocrática propia de quienes han elevado la indiferencia a la categoría de método científico, redactaron un informe destinado a sumergirse en el océano anónimo de documentos igualmente insignificantes.
“Es apenas uno”, murmuró el Inspector Montalvo mientras mordisqueaba un lápiz que había sobrevivido, como testigo mudo, a tres administraciones gubernamentales de discutible memoria. “La gente siempre desaparece”. (Tómese usted el tiempo de apreciar la impecable síntesis existencial en este aforismo involuntario).
Luego fue la florista de la esquina, doña Mercedes, quien un martes cualquiera —tan cualquiera como puede serlo un día dentro del laberinto de la rutina— no abrió su local. Sus orquídeas y claveles languidecieron con matemática precisión mientras el letrero de “Vuelvo enseguida” adquiría, con el transcurrir implacable de las horas, una dimensión inquietantemente oracular.
El fenómeno se propagó con la misma delicadeza con que avanza la sombra del tiempo: imperceptible en su movimiento, innegable en su resultado. La ausencia se convirtió en el nuevo estado natural de las cosas, una especie de epidemia invisible que nadie se molestaba en diagnosticar.
Lo singular —o quizá lo más revelador de nuestra condición— fue que la sociedad, ese organismo de asombrosa elasticidad moral, recalibró sus expectativas con una eficiencia que cualquier ministerio envidiaría en secreto. Se establecieron protocolos de ausencia. Las corporaciones implementaron “coeficientes de desaparición” en sus proyecciones financieras, como quien contabiliza la evaporación normal de un líquido. El Ministerio de Asuntos Existenciales —cuya creación misma era un ejercicio de ironía institucional— emitía boletines semanales con gráficos multicolores que nadie leía (¿para qué molestarse en cuantificar lo incuantificable?).
En la Universidad Central, el Dr. García dictaba su celebrada cátedra “Ontología de la Ausencia Contemporánea” a un auditorio que, con perfecta coherencia temática, menguaba semestre tras semestre.
“La desaparición es meramente un cambio de estado”, explicaba con esa pedantería académica que confunde la oscuridad con la profundidad, como quien enturbia un charco para simular un abismo. “No es que la gente deje de existir; simplemente transita hacia un estado no observable de presencia”.
Yo mismo asistí a esa conferencia. Tomé apuntes meticulosos en mi libreta verde, aplaudí con ese entusiasmo moderado que no compromete y salí a una ciudad donde los espacios vacíos comenzaban a constituir la verdadera arquitectura urbana.
El jueves pasado, mi esposa no regresó del Supermaxi. Sobre la mesa de la cocina quedó la lista de compras, escrita con su caligrafía pulcra y ligeramente inclinada hacia la derecha: café, leche, verde, huevos (¿Cómo prepara usted el tigrillo? ¿Con qué determinación bate los ingredientes?). Objetos prosaicos que, en su mundana simplicidad, se transfiguraron de pronto en artefactos de un museo personal de la ausencia.
No presenté denuncia alguna. ¿Para qué sumergirse voluntariamente en el laberinto de la burocracia? Llené el formulario F-117-B (Reporte de Ciudadano en Estado de Ambigüedad Ontológica) y lo archivé yo mismo en una carpeta junto a las facturas pendientes de pago, como quien clasifica las diversas categorías del abandono.
Esta mañana, al afeitarme, noté que mi reflejo en el espejo comenzaba a difuminarse ligeramente en los bordes, como una idea que pierde convicción. Mis dedos, al teclear estas palabras, parecen cada vez más transparentes, quizás un preludio a mi propia transmutación hacia ese estado no observable de presencia que el Dr. García teorizaba con tanta seguridad.
No siento miedo. Quizá cierta curiosidad taxonómica, ese afán tan humano de catalogar incluso nuestra propia disolución, como si al nombrar el abismo pudiéramos domesticarlo. (¿No es la clasificación el último refugio contra el terror de lo inexplicable?)
Me pregunto si alguien encontrará estas notas. Me pregunto si quedará alguien para encontrarlas o si la ciudad entera habrá completado ya su metamorfosis hacia la ausencia total, culminación perfecta de nuestra indiferencia colectiva.
P.D.: Si alguien lee esto, las orquídeas necesitan agua cada cinco días.